El abogado del futuro

Cuando José María Fernández Comas (@derechopractico) me mandó un email que se titulaba “los robots sólo sustituirán a los abogados que trabajan sólo como robots”, sobre las conclusiones de la mesa redonda de Esade Law school junto a la fundación Wolters Kluwers, la verdad es que me interesó bastante y acepté su invitación a leer las conclusiones de la misma en derechopractico.es.

Desde que he podido leerlas no se me va esa frase que como bien pone en el artículo pronunció Santiago Gómez Sacha Director de IT e innovación en Uría Menéndez “los robots sólo sustituirán a los abogados que trabajan sólo como robots”

                        Aunque las conclusiones de la mesa son más extensas, didácticas e interesantes, me gustaría reflexionar sobre este punto que, a mi modo de ver, deja ver tanto las oportunidades que tiene nuestro sector, como las graves deficiencias que padece y que inundan y enquistan el sector de la abogacía en nuestro país.

Como dos caras de una misma moneda, nuestra profesión puede consistir en la búsqueda creativa de soluciones a los problemas que nos plantean nuestros clientes o  la más monótona y repetitiva que consista solamente en extraer los datos de un asunto y plasmarlos en un formulario que ya tenemos predefinido y asistir a las audiencias previas solicitando quede por reproducida la documental aportada en el escrito y elevar a definitivas nuestras conclusiones.

Esta última faceta la hemos podido comprobar en los asuntos relativos a nulidad de cláusulas abusivas ante las entidades bancarias (cláusulas suelo y gastos de formalización).

Pero la abogacía es y debe ser mucho más. Tenemos que desterrar de nuestros planteamientos que la única forma de ejercer nuestro trabajo es el pleito que muchas veces no llega a satisfacer las expectativas de nuestros clientes y que se dilatan en el tiempo de forma desmedida por el colapso generalizado al que estamos sometiendo a los Juzgados.

Existen otras vías que resuelven los conflictos e incluso de manera mucho más satisfactoria que un pleito. Merece citarse el famoso dicho que existe en nuestro sector “Más vale un mal acuerdo que un buen juicio”. Los juicios son peligrosos e impredecibles porque, por mucho que nosotros preparemos un asunto y ejecutemos a la perfección nuestra estrategia, SIEMPRE habrá algo que se nos escape.

¿Qué la tecnología nos va a afectar como sector? No cabe ninguna duda pero se salvaran de la quema los profesionales que entiendan y acepten (yo lo estoy intentando) que nuestra profesión es flexible y que debe adaptarse a los tiempos y salir de ese viejo letargo en el que estábamos impasiblemente sumergidos y ofertemos servicios que se adapten a las necesidades cambiantes de los clientes.

Los abogados que se limiten únicamente a lo establecido, a generar demandas cual planta manufacturera china, estarán relegados al vagón de cola y a bajarse del tren por falta de adaptación.

El abogado creativo que busque nuevas fórmulas de resolución, que de manera incansable intente no acabar en sala y esté actualizado según las últimas novedades legales y tecnológicas está destinado a encontrarse en los vagones delanteros y compartir espacio con los que manejan la máquina.

En las conclusiones, se habla del papel de las editoriales jurídicas en el futuro del sector. Editoriales tales como Wolters Kluwers, Lefebvre, Tirant… tienen productos con una calidad y unas oportunidades increíbles (en mi opinión creo que demasiado, han creado productos complejos) que facilitaran el trabajo del abogado y acabarán con esas tediosas tareas mecánicas y repetitivas que antaño teníamos que realizar los abogados y que gracias a la tecnología y a la inteligencia artificial ahora las hace una maquina ahorrándonos tiempo y dinero.

El papel de estas empresas, ya que llamarlas editoriales jurídicas puede quedársenos ya corto, irá aumentando su peso en el sector cada día e incluso forzará en un futuro no muy lejano un cambio conceptual de cómo vemos el sector.

Entonces, ¿por dónde comenzamos a cambiar? En primer lugar, con el sistema formativo, los programas legales que encontramos ahora mismo en las facultades universitarias adolecen de un pecado casi mortal que consiste en ofertar una formación completamente o casi teórica. Vale, el derecho es el que es y no se puede cambiar y la única forma de aprenderlo es estudiarlo (cosa que discrepo) pero esa es la creencia popular que la carrera de derecho es una carrera de estudiar mucho (en mi caso me lo pase muy bien, ¡qué tiempos!). Pero aún así, desde hace poco se implantó el requisito de hacer pasar a nuestros futuros compañeros por un master de prácticamente 2 años de duración en el que reciben OTRA VEZ una formación únicamente TEORICA. Por lo tanto, el abogado que pasa el examen y se intenta incorporar a un mercado fuertemente colapsado tiene dos opciones: incorporarse como abogado a una gran firma en la que estará unos años únicamente tramitando expedientes (como un robot) o lanzarse a la piscina y sin formación práctica a montar su propio negocio y con ayuda de compañeros más experimentados y también de la divina providencia ir adquiriendo experiencia a base de golpes.

Por lo tanto, en nuestra formación falta la experiencia práctica y del mundo real que precisamente no tenemos y que últimamente se ha vuelto a truncar con la obligación de cotizar por las personas que están en prácticas en los despachos y que debe costear los propios empresarios. Esto provocará que la mayoría de los despachos y sobre todo los más pequeños no se puedan permitir tener a un pasante, siendo los propios alumnos los más perjudicados en este aspecto.

Por otro lado, las ofertas de trabajo en el sector de la abogacía se reducen al abogado joven a tramitación de expedientes, redacción de escritos (trabajo robot) en vez de formar a un abogado que en el día de mañana sea útil para la firma o para sí mismo si decide trabajar por su cuenta. Hay que apuntar que una excepción a esto son los excelentes programas mentores que existen en las firmas de prestigio que permiten a los empleados progresar de manera estable y labrarse una carrera profesional adecuada.

En conclusión, y como apuntaba en la mesa redonda Rosalía Díaz presidenta de la Fundación WK, ahora más que nunca es de aplicación la famosa ley Amara del famoso investigador, científico Roy Charles Amara en el que dice “Nuestra tendencia es sobrestimar los efectos de una tecnología en el corto plazo y subestimar el efecto en el largo plazo”

No debemos alarmarnos, todavía queda mucho para que los robots sean una realidad práctica que sustituya a los abogados, pero debemos tomar los avances como un toque de atención y cambio donde transformar nuestro sector de la mejor manera posible.

 

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